4.4.07

El genio masónico de Mozart




La vida de W. A. Mozart está plagada de misteriosas sombras. Su pertenencia a la masonería, el carácter esotérico de algunas de sus composiciones, su posible asesinato y la desaparición de su tumba, son algunos de los enigmas que rodean la figura del genial compositor.
Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart nació en Salzburgo, Austria, el 27 de enero de 1756. Quien haya visto Amadeus, la magnífica película de Milos Forman, tendrá una idea de la peculiar manera de ser del músico y de las serias dificultades para encajar en las estructuradas normas de la sociedad. Algunos investigadores que se han ocupado de estudiar su compleja personalidad le han definido como “maníaco depresiva con rasgos paranoides”. Genio y locura andan próximos, y Mozart fue indudablemente genial, con una vida cargada de luces y, también, de muchas y enigmáticas sombras.
Su pertenencia a la masonería está muy bien documentada. El 14 de diciembre de 1784, a los 28 años de edad, se inició como aprendiz en una pequeña logia vienesa llamada La Beneficencia. Para ese ritual iniciático compuso expresamente su cantata A ti, alma del Universo. Su carrera masónica fue vertiginosa. A las pocas semanas, el 7 de enero de 1785, ascendió al grado de Compañero, y lo hizo en la logia más importante de Viena, La Verdadera Concordia. El 22 de abril de ese mismo año, era ya Maestro en la logia La Esperanza Coronada, para la cual escribió dos de sus composiciones masónicas más conocidas: La alegría masónica y Música fúnebre masónica.
Su fama y sus increíbles capacidades musicales hicieron posible que el papa Clemente XIV le nombrara Caballero de la Espuela de Oro con tan sólo 14 años. A esa edad, la Academia Filarmónica de Bolonia, saltándose las normas que establecían en 20 años el mínimo para ser nombrado académico, lo admitía en su seno con la categoría de compositor.
La relación de Mozart con la masonería se inicia, en realidad, mucho antes de su ingreso formal en la logia Beneficencia. De hecho, su familia, desde el siglo XVII, estaba vinculada a la antigua masonería operativa, es decir, al hermético gremio de los constructores. En la Edad Media, los sabios albañiles que pusieron en pie las catedrales organizaron su actividad en un gremio cerrado, cuidadosamente jerarquizado según la especialización de sus miembros. Los albañiles eran llamados entonces masons, y dado que trabajaban la cantería con una piedra conocida como “piedra franca”, se los denominó francmasones. En las obras compartían una misma vivienda, a la que llamaban logia. En ella impartían las enseñanzas de su Arte Real a los aprendices, cuidando de que sus conocimientos se conservaran en el más absoluto secreto. De ahí surgiría, en 1716, la llamada masonería especulativa. Pues bien, el tatarabuelo de Wolfgang, David Mozart, fue albañil y maestro de obras, al igual que su bisabuelo Franz.
Fruto de su temprana familiaridad con los principios del Gran Arquitecto, en 1767, cuando Mozart tenía 11 años, compuso un lied –canción– de inspiración masónica para la hija del doctor Joseph Wolff, que era masón y le salvó de la viruela. En 1772 musicalizó un texto ritual masónico titulado Oh, Santa Unión de Hermanos, y un año después lo hizo con una obra del masón Tobías Philipp von Gebler, con quien coincidiría posteriormente como compañero de logia en La Verdadera Concordia de Viena.

La flauta mágica
Conforme fue avanzando el siglo XVIII la presencia de nobles en la masonería especulativa se hizo cada vez más numerosa: Luis Felipe de Orleans, primo del rey Luis XVI, fue Gran Maestre en Francia; en Inglaterra, ese cargo siempre fue desempeñado por un miembro de la nobleza desde 1721; Federico II de Prusia fue masón… se hablaba incluso de que varios cardenales del Vaticano eran masones. En 1751 el papa Benedicto XIV emitió una bula condenando las actividades masónicas. A pesar de ello y de la feroz oposición que contaban en casi todos los estamentos políticos, económicos y sociales, numerosos católicos se iniciaron en las logias.
Como masón, Mozart no se libró de esas convulsiones políticas. De todas sus obras de inspiración masónica, la más famosa es sin duda La flauta mágica, que además nació con una expresa intencionalidad política. La ceremonia de coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia se iba a celebrar en Praga el 6 de septiembre de 1791 y la compañía de ópera había encargado a Mozart una obra para los festejos oficiales. A la masonería le pareció la ocasión perfecta para que el maestro, además compusiera algo especial que sirviera de propaganda para que la hermandad recuperara parte del prestigio perdido. La propuesta fue planteada por el libretista masón Emanuel Schikaneder, con la idea de escribir una ópera basada en el cuento infantil de Cristoff Martin Wieland titulado Lulú o La flauta mágica, que ensalzara los principio masónicos y la actividad idealista y positiva de sus miembros.
La flauta mágica está cargada de simbolismo masónico y el libreto tiene, además, una fácil interpretación en el contexto político de aquel momento. Veamos un resumen de la acción. Sarastro, un gran sacerdote supuestamente malvado, mantiene cautiva en su palacio a la princesa Pamina. Ésta es hija de la aparentemente bondadosa Reina de la Noche, que quiere rescatarla. El príncipe Tamino se enamora de un retrato de la princesa y se compromete a salvarla de su raptor. Para ayudarle en la empresa, las Damas de la Noche le dan una flauta mágica, y a Papageno, un simple cazador de pájaros que le acompaña, un carillón de mágicas campanillas. El final es feliz, como no podía ser menos, pero con un sorprendente quiebro: la inicialmente bondadosa Reina de la Noche resulta ser la mala de la historia, y el presuntamente malvado Sarastro, es el bueno que ha raptado a Pamina para librarla así de la nefasta influencia de su madre. La interpretación en clave política de obra y personajes fue evidente: la malvada Reina de la Noche era María Teresa, la regente que reprimió con energía las actividades masónicas. El reino de la oscuridad no era otro que el de la iglesia Católica. Sarastro, el Gran Sacerdote del culto de Isis y Osiris, representaba a la masonería y a su Gran Maestre, que ayudaban a la humanidad enseñándola el buen camino y los dones de su secreta sabiduría. También encarnaba globalmente a todos los emperadores que habían sido favorables a la actividad de las logias, como Francisco I y José II, cuyo ejemplo querían que siguiera el nuevo emperador Leopoldo. También hay, por supuesto, una lectura claramente masónica ya que su objetivo era reivindicar la imagen de la organización. La acción se desarrolla en el antiguo Egipto, y cabe señalar que la masonería de Viena seguía el rito llamado de Misraim, que hunde sus raíces en antiguos cultos y conocimientos de Egipto. El decorado original estaba cargado de referencias en este sentido. El templo de Sarastro aparecía flanqueado por esfinges y, escrita en una pirámide, figuraba la inscripción: “El que pase por este difícil camino será purificado por la tierra, el aire, el fuego y el agua”, en clara referencia esotérica a los cuatro elementos. También hay numerosas alusiones al número tres: tres son las Damas de la Noche y tres los niños sabios; el príncipe Tamino tiene que superar tres pruebas y son tres los mundos que la obra refleja, el oscuro mundo de maldad de la Reina de la Noche, el de Sarastro iluminado por la luz de la sabiduría, y el mundo de la humanidad ciega e ignorante representado por el simple Papageno. La flauta mágica muestra el camino de iniciación que tiene que recorrer el hombre para salir de su ignorante ceguera y llegar a la luz que le permita contemplar la verdad. Ese es el camino que, en la obra, recorre el príncipe Tamino, superando pruebas y alcanzando un nivel superior de sabiduría que le permite ver lo que antes estaba oculto, es decir, la bondad de Sarastro y la maldad de la Reina de la Noche. Y ese es el camino de iniciación que ofrece la masonería.